Hay libros que llegan en el momento justo, como si supieran lo que necesitás. Y hay espacios que te envuelven con su propia narrativa, invitándote a ser parte de ella. Mientras leía La medida de los héroes de Andrea Marcolongo, en uno de los departamentos temporarios de la familia Del Campo, me di cuenta de que los lugares, como los héroes, también tienen su valentía: nos sostienen, nos transforman, nos recuerdan quiénes somos. Ese departamento no solo me ofreció un techo, me regaló una pausa, un respiro, y me habló de todo lo que las paredes pueden guardar cuando saben escuchar historias. El libro, que habla del significado del héroe en la antigüedad, se mezcló perfecto con lo que yo estaba sintiendo. Como los héroes griegos, los espacios también tienen su carácter, su narrativa, su razón de ser. Son testigos silenciosos de nuestras pequeñas hazañas diarias y de esos grandes momentos: los amores que te marcan, las despedidas que te rompen, los comienzos que te iluminan y los duelos que te transforman.

Hay estadías que te sacan del tiempo, que te meten en una burbuja donde todo lo de siempre queda suspendido. Mi experiencia en uno de los departamentos temporarios de la familia Del Campo fue exactamente eso. Un lugar que no se conforma con que lo habites, sino que te pide que lo sientas. Desde que entré, la estatua en el patio, con su mármol desgastado y esa calma que parece tener todo lo que tiene historia, me miró como diciendo: "Acá te espera algo distinto".
Cada rincón del lugar me invitaba a meterme en una fantasía distinta, como si cada detalle estuviera pensado para provocar algo, para contarte una historia que sin querer terminás haciendo tuya.
Adentro, la luz del sol se metía como protagonista. Las ventanas altas hacían que el espacio cambiara con cada hora del día. Una mesa de madera robusta, sillas de cuero que llevan las marcas del tiempo y un sillón tallado que parecía salido de un cuento te daban la bienvenida como si te conocieran de antes. Fue ahí donde me enganché con La medida de los héroesde Andrea Marcolongo, y todo cobró un sentido distinto. El libro habla de travesías, de valentía, de esa mezcla entre lo humano y lo extraordinario. Y no podía dejar de pensar en cómo los espacios también son parte de nuestras travesías.
En ese departamento, con las palabras de Marcolongo resonando en mi cabeza, pensé en cómo cada espacio tiene también algo de héroe. Los héroes no son solo los que pelean dragones o cruzan mares; también son esos que te contienen cuando el mundo se tambalea. Los espacios tienen esa misma cualidad: pueden ser refugios, puntos de partida o simplemente testigos de tu camino. Cada rincón de este departamento, desde el sillón de madera tallada hasta la terraza con sus azulejos que parecían guardar secretos antiguos, era un recordatorio de cómo los lugares pueden acompañarnos en nuestras propias búsquedas.
Me quedé mirando la terraza al atardecer. La luz cálida se reflejaba en los cerámicos de estilo calcáreos, pintando un cuadro encendido que parecía cambiar con cada minuto que pasaba. En ese momento, me imaginé cómo alguien podría escribir su historia en este espacio: tal vez compartiendo una copa de vino en la terraza, leyendo un libro junto al velador que proyecta sombras danzantes o simplemente perdiéndose en sus pensamientos mientras la luz de la tarde se apaga.
Como corredora inmobiliaria, me toca ver muchos espacios. Pero hay algunos que no solo se ven, se sienten. Este lugar tiene alma. No hablaba con metros cuadrados ni con líneas rectas; hablaba con historia, con textura, con esos detalles que te invitan a quedarte un rato más. En mi día a día, siempre busco ese balance entre lo racional y lo emocional. Porque sí, claro que hay que analizar precios, planos y ubicaciones. Pero también hay que escuchar al espacio, dejar que te hable, que te cuente su versión.
Los espacios, como los héroes que describe Marcolongo, también se transforman. Envejecen, se desgastan, pero acumulan historias y renacen con cada nueva mirada que los habita. Este departamento, con su mezcla de objetos que parecían venir de distintas épocas y lugares, me habló de viajes, de aventuras y también de pausas necesarias.
Al final del día, creo que eso es lo que buscamos en un lugar para habitar, aunque sea por unos días: un espacio que sea más que paredes. Que sea testigo de nuestras charlas, nuestras risas, nuestros silencios. Que nos invite a escribir nuestro propio relato.
Gracias a la familia Del Campo por abrirme las puertas de este espacio único, lleno de historia y alma. Si querés vivir una experiencia así, podés consultar sobre los departamentos temporarios en su Instagram: @gabrieldelcampoanticuario. Animate a quedarte unos días en un lugar que te hable, que tenga textura, vida. Quizás descubras que esa pausa en la rutina era justo lo que necesitabas para reconectar con vos mismo y con lo que realmente importa; y tengas tu historia para contar.
Hermoso relato.